Hay cosas de las cuales uno evita escribir y trata de pasar por alto para olvidar y dejar que el tiempo cure las heridas, pero en este caso, y a modo de catarsis, me siento con la obligación de hablar sobre la pérdida de un grande, de cómo cambió mi vida a través de una de las bandas más importantes del metal de todos los tiempos y del enorme vacío que queda sin Jeff Hanneman.

Tenía como 15 años cuando por primera vez escuché un disco de Slayer, los conocía de nombre, pero no me había metido en el mundo del metal. Un amigo me prestó el disco, pero como yo no tenía un quemador de cd’s ni un computador con mucho espacio, lo pasé a cassette. Todavía lo tengo, el carreteado e inolvidable Reign in Blood.

Desde entonces no pude dejar ni el thrash ni el metal, y por ello pasé por pérdidas dolorosas como las de Dimebag y Dio, pero nunca me tocó pasar por ninguna muerte que me llegara tan fuerte e inesperada como la de Jeff Hanneman, el otro pilar de Slayer, la otra parte del puzle, el otro hemisferio del cerebro, la otra rueda del engranaje.

Me cuesta pensar en un Slayer sin Jeff, y probablemente me pasaría lo mismo si hubiera sido Kerry King. Ambos se complementaban, es cosa de ver los créditos de las canciones, era nuestra dupla compositiva del metal, tal como para el rock lo fueron Lennon y McCartney, nosotros teníamos a Hanneman y King, y al igual que los ex Beatles, también perdimos una parte de ese genio.

Por ahí me decían, “al menos queda la música, es la gracia de dejar un legado” y no puedo estar más de acuerdo. Si hay algo que hizo de Jeff Hanneman un personaje esencial del rock, no fue precisamente por su actitud o su estilo de vida, sino por lo que se le pasó por la cabeza hace más de 20 años y que concretó junto a Kerry, Tom y Dave. Show no Mercy, Haunting the Chapel, Hell Awaits, Reing in Blood, South of heaven, Seasons in the Abyss… etc, hasta World Painted Blood.

Sin duda Hanneman es la razón para muchos headbangers, como yo, de haber agarrado la guitarra y tratar estúpidamente de imitar lo que él hacía. Lo notable de las batallas de Jeff y Kerry con sus fraseos de pregunta y respuesta inspiraron a toda una generación a armar bandas con dos guitarristas para intentar llegar algún día sonar como los de San Francisco.

Hanneman y King son responsables de hacer al metal más rápido y al thrash más agresivo y oscuro. Se olvidaron de las canciones sobre peleas callejeras, alcohol y carrete, y fueron un poco más allá para hablar de guerras y nazis, de Dios y Satanás y de la constante lucha del ser humano entre el bien y el mal, eso amigos míos, es profundidad e inteligencia.

Hoy el mundo se pinta de negro, en un luto doloroso y profundo, no hay más que buenas palabras para lo que Jeff Hanneman fue y lo que hizo por la música. Por mi parte te despido con mucha rabia e impotencia, porque no me deja de parecer repentino, pero me quedo con la satisfacción de que tu obra permanecerá y tu nombre será imborrable de la historia gracias a tu boleto a la inmortalidad, Slayer.

Por Ayskée Solís H.

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